Las revelaciones de Notre Dame: un llamado a la conciencia humana.

Luis Felipe Siguenza Acevedo

3 / May / 2019

La Catedral de Notre Dame en París, un edificio histórico, cultural, artístico y religioso con casi 900 años de antigüedad, fue presa de las llamas el pasado 15 de abril. Se trata de uno de los monumentos emblemáticos de Francia, del patrimonio europeo, de la cristiandad y de la humanidad. Tras la tragedia, las voces en México se expresaron de diversa manera, desde quienes compartieron su pena por las redes sociales hasta quienes mostraban indiferencia e incluso comentaban que el tema les parecía intrascendente: los medios nos transmitieron en vivo y en directo la pérdida de un patrimonio único e irremplazable, que llevó a muchos a las lágrimas mientras otros se conmovían tanto como cuando se quema basura en un tiradero.
Llamó la atención que algunas voces criticaran que los mexicanos se lamentaran por el suceso, cuando en nuestro país se perdían en ese mismo momento y por las mismas causas grandes extensiones de bosques en Jalisco y de manglares en Campeche sin que al parecer nadie dijera nada. Incluso se trajo a colación, por ejemplo, la desgracia de la guerra en Siria, de la que Francia ha sido parte y sus fatales consecuencias, como “un tema realmente importante”, que no así el incendio de un templo “de los muchos que tiene la Iglesia Católica”.

¿Qué importancia le merece el patrimonio o la memoria histórica y cultural a una parte de nuestra sociedad? Al parecer muy poco, porque las prioridades del mundo posmoderno, como han señalado múltiples filósofos, se mueven entre la fascinación del hiperconsumo, el fanatismo, la individualidad, el inmediatismo y la ignorancia. La cultura se trivializa en los medios y su valor patrimonial se reduce al de un souvenir: el patrimonio cultural no representa valor de uso porque la ética y la estética no están en su mejor momento social.

Tras el incendio el Estado francés, famoso por su empeño en la preservación del patrimonio cultural, anunció fondos multimillonarios para la reconstrucción y tiempos reducidos -se habla de cinco años- para lograr reponer lo perdido en esta fecha fatídica. Quienes comprenden la importancia de conservar y preservar el patrimonio celebran la medida, mientras que sus detractores comentan que es inaceptable gastar un dinero que hace falta para tantas cosas en reconstruir un edificio viejo e inútil, ¿qué esperar entonces de estas voces ante los esfuerzos institucionales para conservar nuestros monumentos históricos?.
¿Qué importancia tienen entonces nuestros tesoros artísticos e históricos resguardados en museos, templos y edificios civiles?. ¿Quién aplaude que se destinen fondos para preservar la obra de los pueblos prehispánicos, de los arquitectos novohispanos o de los muralistas mexicanos del siglo XX?.

Hubo un tiempo en el que los códices del México antiguo ardieron en las llamas de los inquisidores, ignorantes de su enorme valor cultural. Tras la Independencia y luego con la Reforma, cientos de retablos de gran valor artístico fueron utilizados como leña, los templos demolidos, los conventos fraccionados… En los últimos cien años México ha perdido dos terceras partes de su patrimonio y hoy día nuestras ciudades declaradas patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO, sucumben ante el deseo de adaptarlo todo al consumismo desproporcionado de los tiempos actuales. La tragedia de Notre Dame nos ayuda a comprender que lo verdaderamente importante no es criticar las atrocidades de la guerra, el deterioro ambiental o el daño irreparable al patrimonio cultural, sino nuestra actitud ante esos hechos, nuestro decir y nuestro actuar. Queda revelado un rostro apocalíptico en una sociedad insensible y egoísta, en contraste con la que se solidariza ante la tragedia de aquí y de allá y aporta a la esperanza.